Música en todo

Destacado

Chasquidos, palabras pronunciadas, ruidos cotidianos. Siempre he encontrado música en todos los sonidos a mi alrededor. Siempre termino escuchando música.

Mi amor por la poesía surgió de mi amor por la música.

Anuncios

Elamor.2

Hace 6 semanas nació mi segunda hija. Se llama Laila, un hermoso nombre que es sagrado para los musulmanes. Me explicaba nuestro nuevo amigo, Babou, que es uno de los nombres de Dios. Eso me dijo en su escasísimo español que a duras penas entendí. Laila es una niña preciosa,  es de piel muy blanca, como la mía, que contrasta con su cabello oscuro, como el mío. Yo vi a Laila por primera vez mucho después de que nació. Las políticas del hospital público me privaron de conocerla por dos días. Cuando la vi por primera vez estaba dormida en el cunero y la prepararon para dármela y que la pudiera alimentar. Apenas van seis semanas de eso y a mí me parece que ya pasó mucho tiempo. Con Laila tengo la sensación de que la conozco desde hace mucho.  Tiene cierta paz que no pudo explicar, se ve tranquila, sabia, risueña. Lo primero que me viene a la mente cuando pienso en ella es su mirada profunda y cómo siempre está sonriendo, lo platicadora que es. Nació con los ojitos color mercurio, un gris claro y brillante, sólido e intenso. Ése es mi primer recuerdo de Laila, el que nunca olvidaré: su mirada enigmática.

Cuando sólo tenía a Sofi me intrigaba mucho cómo sería tener dos hijos, cómo sería posible amar tan profundamente a dos personitas. No lo concebía. Hoy, sigo sin poder explicarlo, lo único que sé es que es posible. Es posible amar a dos hijos con todo el amor de tu ser, a los dos los amas como a nada en el mundo, a los dos les agradeces que hayan llegado a tu vida. A mi Lailita hermosa, le doy infinitas gracias por acompañarnos, por ser hermana de Sofi, por hacerme experimentar por segunda vez este amor tan inconcebible; por tener una segunda vez un bebé tan pequeñito, tan hermoso. Gracias, mi niñita divina. Dejas a esta parlanchina sin palabras.

Falafel

Etiquetas

,

Imagen

El día de hoy no hay diario musical ni divagación. Hoy voy a compartir la detallada, deliciosa y completísima receta que un buen amigo desconocido generosamente compartió, a su vez, conmigo; es su receta personal y le agradezco mucho. Se trata del falafel (mi platillo favorito en el mundo):

FALAFEL

  • 250g de garbanzo
  • 3 o 4 dientes de ajo picados
  • 1 puñado de perejil picado
  • 1 puñado de cilantro picado
  • Medio o 1 chile jalapeño picado (no toreado)
  • 2 cucharadas (cuchara sopera) de harina
  • 3/4 de cucharada (cuchara de te) de bicarbonato
  • 1 cucharada (cuchara de te) de comino molido
  • 1 cucharada (cuchara de te) de semillas de cilantro machacadas (pueden estas medio procesadas en la licuadora con una medida de agua del tamaño de un ristreto) *
  • 1lt de aceite vegetal Sal y pimienta molida.

* Si no encuentras las semillas de cilantro puedes usar semillas de girasol sin cáscara. Por la colitis yo suelo omitir la pimienta y la remplazo por salsa inglesa y le agrego otro puñado de albahaca picada sobretodo si no encuentro cilantro fresco

Dejar los garbanzos remojando en agua desde la noche anterior, calcular que el agua sobre pase los garbanzos por tres o cuatro dedos.

Moler hasta hacer puré de los garbanzos. Se puede hacer en licuadora o procesador de alimentos, es la parte más tediosa, trata de no usar agua para facilitar la tarea pues daña la consistencia del puré de garbanza.

Una vez listo el puré de garbanza mueles hasta puré el perejil, cilantro, chile y el ajo, y la albahaca si la usaste; junto con un par de cucharadas soperas del puré de garbanza, para facilitar la tarea puedes usar aceite de olivo, una medida del tamaño de un ristreto esta bien, mas una medida igual de agua de ser necesario.

Lista la mezcla de hierbas incorpórala al puré de garbanza junto con los demás ingredientes, la harina, el bicarbonato, el comino molido, las semillas machacadas, sal y pimienta al gusto. Para incorporar los ingredientes en una mezcla heterogénea puedes elegir entre una espátula de madera mediana o la mano, con la mano es divertido y a veces más rápido.

Una vez lograda una mezcla heterogénea en color y textura, extraes una porción del tamaño que alcances a tomar con el pulgar y dos dedos, para darle forma de bola de alrededor de 2 a 3.5cm de diámetro. Acumulas una cantidad suficiente de bolas en una charola o platón al tiempo que precalientas el litro de aceite vegetal con el fuego al máximo de poder de la hornilla. Para facilitar el moldear las bolas puedes humedecerte las manos en agua, de preferencia purificada, para evitar el efecto trufa donde la mezcla se desparrama en las palmas. En refrigeración y cubiertas, las bolas de mezcla cruda pueden durar hasta 24 horas.

Con cuidado sumerges las bolas en el aceite precalentado de una en una con una cuchara sopera. Inmediatamente habrá un efecto burbujeante en rededor del faláfel, puedes dejar en el aceite por un par de minutos para conseguir el colorcillo dorado o extraer enguanto el burbujeo disminuya, signo de que la mezcla se ha cocinado hasta el centro del faláfel. Con una espumadera puedes retirar los falafeles del aceite y acumularles en una charola sobre toallas de papel absorbente de cocina para que pierdan ahí el exceso de aceite. Para montar un plato con los falafeles listos se puede acompañar con ensalada, humus, jocoque o incluso combinar la ensalada, el jocoque y el humus con los falafeles dentro de un pan pita, en Walmart venden dos marcas buenas, Baalbeck y Libanius, yo prefiero Baalbeck pero Libanius tiene versiones más grandes el humus y el jocoque les encuentras en cualquier Walmart del sur de la ciudad o en el Superama o Chedraui de Polanco.

El faláfel es un gran bocadillo o hasta comida principal pero el garbanzo como cualquier leguminosa es peculiar y peligrosamente matapasiones, si se lo consume en exceso sin embargo tiene las siguientes cualidades

Esta leguminosa es rica en hidratos de carbono de absorción lenta, por lo que proporciona energía pero con unos niveles de azúcar en sangre muy controlados. Este efecto les hace que sean muy beneficiosos para los diabéticos que deben de controlar sus niveles de glucosa, así como prevenir la resistencia a la insulina, fase previa a la diabetes.

Pese a que las proteínas que aporta son incompletas, por ser deficitarias en metionina, su consumo junto con cereales (pan, arroz, etc) compensa el déficit en dicho aminoácido, convirtiéndose así, en una proteína de alto valor biológico, fundamental para aquellos grupos de población que consumen pocos alimentos de origen animal como son los vegetarianos.

Por tanto, su elevado contenido en carbohidratos y proteínas los hacen adecuados para niños, adolescentes, estado de astenia y para personas que realizan esfuerzo físico, como los deportistas.

Su alto contenido proteico y bajo en grasa, siendo la que contiene es rica en ácidos grasos insaturados, hace que esta leguminosa contribuya a regular los niveles de colesterol.

Por su riqueza en fibra, mantienen el intestino con buena actividad, favoreciendo el tránsito. Esto es importante para prevenir del cáncer de colón y recto y al mismo tiempo prevenir y mejorar el estreñimiento. También la fibra contribuye a reducir los niveles de colesterol.

Esta alta concentración de fibra no resulta adecuada para personas con tendencia a cumular gases en el estómago e intestino, o en personas que tengan el intestino delicado, para tales situaciones es mejor comerlos eliminándoles la piel, una vez cocinados. Dado su elevado contenido en magnesio, fósforo y vitaminas del grupo B, necesarios para el sistema muscular y nervioso, esta legumbre es adecuada en situaciones de estrés, irritabilidad, depresión nerviosa, nerviosismo y falta de sueño.

Por su elevado contenido en potasio y escaso en sodio se puede incluir en dietas de control de hipertensión arterial, litiasis renal y cuando se desee eliminar un exceso de ácido úrico. Además, presentan un marcado efecto diurético. Su riqueza en folatos los hace recomendables en el embarazo para prevenir deformaciones del feto.

Se debe tener precaución con los garbanzos en conserva ya que incluyen sal.

El amor

Nació mi hija Sofía y hasta ahora entiendo por qué siempre me decía mi mamá que debía tener al menos un hijo.

El primer recuerdo que tengo de ese día tan increíble es haber escuchado su llantito cuando la sacaron de mi panza. Fue un llanto quedito que para mí tuvo una familiaridad mágica, como si ya la hubiera escuchado antes, como si ya la conociera. Pregunté si era mi bebé la que lloraba-la anestesia local me tenía medio confundida-me dijeron que obviamente sí era mi bebé. Todos, sin excepción, en el quirófano comenzaron a decirme que era bellísima; que estaba muy güera-debo decir que yo nunca la vi güera, pero eso decían. La anestesista no dejaba de decirme lo bella que era. Yo sólo sonreía. Inmediatamente la colocaron en lugar de examinación; la limpiaron, midieron y zangolotearon. La vi por primera vez y yolví a preguntar si era mi bebé. Me parece que no podía creer que ella hubiera salido de mí, con todo y que la había estado cargando durante nueve meses, no podía creer que yo le hubiera dado vida. Un momento después la acercaron a mí y vi de cerca su carita. Es lo más hermoso que he visto en mi vida, en ese momento viví lo que era realmente la belleza. La nena estaba llorando, vi sus ojos enormes que me decían “¡¿Por qué me sacaron?!, ¡Qué cosa tan violenta!, ¡Qué frío!” Le di un beso y lloré de la emoción. Experimenté una felicidad inédita; un amor inmenso, inmediato, indescriptible.

El sonido de su llanto al salir al mundo y su cara viéndome por primera vez es lo más emocionante que me ha pasado en la vida.

Bienvenida al mundo mi amada Sofía.

Einstein on the Beach

Etiquetas

, ,

Esto no es una reseña, no sé escribirlas y estos textos dirigidos al anónimo los escribo para guardar un testimonio de un recuerdo que quizá mi mente en unos años será incapaz de traer a la memoria. Espero que no sea así, ya que he decidido que a partir de hoy, mi memoria será exacta, precisa y vasta.

Aunque debo admitir que incluso mi-hasta hoy-débil memoria, nunca podría borrar de sus registros la experiencia de haber presenciado un show como el que tuve la suerte de atestiguar el 9 de noviembre pasado. En primer lugar, la emoción de saber que Einstein on the Beach volvía a presentarse y que en la agenda estaba incluido México. Para comprender mi grado de emoción, debo puntualizar que dentro del universo operístico, Einstein on the Beach es una de mis diez óperas favoritas de todos los tiempos. Es una ópera que jamás pensé que pisaría este suelo infértil de música.

Ocurrió.

Ante mi sorpresa, el mismísimo Philip Glass venía a presentar su ópera prima a un lugar en el que no hay público para la ópera y mucho menos para ópera que no se mueve dentro de los confines del bel canto: coloraturas, sopranos ágiles, arias dramáticas, historias de amor. Toda la maravillosa producción operística que se hizo tan famosa el siglo pasado.

¡La locura repetitiva de Einstein on the Beach en México! Era literalmente increíble.

Así que nos dirigimos al recinto, listos para escuchar 5 horas de locura. Llegamos y la puerta estaba abierta, como lo estuvo durante todo el evento, ya que al ser tan larga, es necesario que la gente tenga libre entrada y salida, por cualquier cosa: brotes de neurosis, hambre, sed, ganas de ir al baño, etc.

Así pues, comienza la obra con el prolongado murmullo de los dos cantantes en escena. Dos escolares repitiendo números y haciendo movimientos extraños con las manos. El público sigue llegando, continúan buscando sus lugares; entran y salen. Los que llegaron antes siguen platicando con sus acompañantes, se escuchan risas, conversaciones, pero ya se nota una poco concurrida expectación latente de los que sí saben de qué se trata Philip Glass y esta ópera. Pocos somos los que ya estamos sentados, entrando sigilosamente en el trance en el que te sumerge la obra.

Poco a poco, el público comienza a entender que la ópera ya comenzó. Las señoras de peinados altos comienzan a guardar silencio, los jóvenes aventureros del arte también. Los hombres solos que se veían entre el público comienzan a cerrar sus periódicos y sus libros; los oficinistas que llegan corriendo, respiran hondo, aliviados de que lograron llegar a tiempo. Mientras, los fieles devotos de Philip Glass ya estamos inmersos en el ritmo, ya somos parte de la estructura musical de la obra.

Comienzan a salir los cantantes y los que llamaré bailarines. Entre todos empiezan a emitir los sonidos, empiezan a hacer los movimientos precisos y calculados del espectáculo. Su vestuario y arreglo es austero, evocando a Einstein mismo; todos uniformados con sencillez: pantalones con tirantes, camisas blancas, peinados recogidos y engominados. El escenario se mueve, entran y salen objetos geométricos. Entra la locomotora.

De repente, lentamente, todos dejan el escenario y, de pronto, vuelve a comenzar, sin interrupción, el siguiente Knee.

Después de una hora comienzan a salirse, apenadas pero aliviadas, las señoras de peinados altos. Los jóvenes aventureros, también salen pero regresan después de una hora o dos; uno que otro hombre de los que van solos, salen pero regresan inmediatamente. Los oficinistas y los fanáticos como yo, nos quedamos inmóviles las cinco horas.

Se observa un violinista que representa a Einstein tocando el violín como parte de la orquesta y así continúan las diferentes partes en las que se divide la obra. El juicio, los trenes, las coreografías, los novios que se hablan de amor.

Algo que debo resaltar son las coreografías. Aparentemente sencillas, con movimientos amplios y rápidos logran crear una sincronía perfecta con el ritmo y la estructura geométrica de la obra en general.

Magnífica ópera. No sirve de nada escucharla si no se presencia la puesta porque todo forma parte del acto, todo sirve a la estructura musical. Todo, en conjunto, hace la historia (sin que haya historia).

Salimos después de cinco horas maravillados por la manera en que Philip Glass y Robert Wilson crean esta obra maestra; toda la música, los sonidos que emiten los cantantes, la coreografía, las piezas del escenario, los movimientos de los bailarines, las luces y los símbolos, nos dan un vistazo total de lo que fue Einstein y sus descubrimientos.

No nos levantamos del asiento en cinco horas. Hoy, después de dos meses, apenas puedo entender todo lo que vimos esa tarde.

Éste video retrata muy bien cómo se vive esta ópera en vivo; los sonidos, el público, la atmósfera:

Y éste es una mini reseña mamona:

 

 

Under Pressure

Este blog de repente se vuelve cíclico. Me encuentro con que hay música que siempre forma parte de mi vida bajo diferentes momentos y circunstancias. Under Pressure es una de esas canciones, es de mi All Time Top Ten.

Pienso, y quizá sólo alguien tan soñador o tan ingenuo o tan tonto como yo, cada que la canta cierra los ojos y los puños y la grita como si fuera el himno de su patria. Eso me pasa con esta gran canción que grita y lamenta que nadie le quiera dar una oportunidad al amor, pero al amor fraterno; al amor al prójimo, a la compasión, a la solidaridad.

Me encanta sobre todo su estrofa final:

Insanity laughs under pressure were cracking!

Why can’t we give ourselves one more chance?
Why can’t we give love one more chance?
Why can’t we give love, give love, give love, give love, give love, give love, give love…?

Cause Love’s such an old fashion word
And love dares you to care for the people on the edge of the night
And love dares you to change our way of caring about ourselves,
This is our last dance,
This is our last dance…
This is ourselves, UNDER PRESSURE

No soy nada

Etiquetas

, , ,

Ésta es mi versión a lo Golem, de Tabaquería. Entre varias traducciones armé y junté a pegostes mi propia versión y es mi preferida.

Este poema se disfruta mejor escuchando Metamorphosis V de Philip Glass mientras se lee. Y es que sucede que su música es como una escalera que te va llevando a lugares desconocidos mientras la escuchas. De repente, conoces cosas insospechadas de ti mismo, de repente incluso, no te reconoces. Yo conocí una desesperación inexplicada, unas ansias de saber, una tristeza de agonía; su música me lleva a lugares extraños, apocalípticos, de guerra. Es un mórbido placer adictivo. Es un vacío de entrañas, es The Waste Land; son las palabras muertas, las que nunca se dijeron ni escribieron. Es el fin del tiempo, es el éxtasis de la victoria sobre la muerte.
Recuerdo cuando conocí su música. Mis días eran muy solitarios. En las tardes, me recostaba en mi sillón-mecedor, prendía la lámpara de piso de la sala, escogía un libro-la mayoría de las veces leía a Fernando Pessoa, pero también leía a cualquier desesperado y me disponía a leer y a escuchar sus discos durante toda la tarde. Anochecía y sólo quedaba, cual núcleo solar en medio de la oscuridad de la soledad, el foco de la lámpara, y yo, como en medio de un escenario sin espectadores, en un teatro vacío esperando a mi público que nunca llegaba. Las ventanas con las cortinas abiertas me reflejaban flotando en el departamento vacío, como en un escaparate etéreo. A veces no leía nada, y durante cuatro horas escuchaba Einstein on the Beach. Cerraba los ojos y repasaba cada palabra, saboreaba cada nota atropellada por la subsecuente; aplastaba con los dientes cada sonido accidentado. Porque sus notas siempre están huyendo, siempre escapan, son veloces, se mueven. En Philip Glass todo es movimiento, todo es una huida circular de la muerte, todo es un constante viaje al infinito. La serpiente que muerde su cola. Sus tempos tan rápidos, tan inalcanzables, tan imposibles (ahorita me vino a la mente cuando, hace mucho, tuve mi affair fatuo con los prefijos im- y sólo escribía palabras que los tuvieran) Así, inalcanzable, imposible es Philip Glass. Cuando nos da de postre una pieza con un tempo más lento, aparece la brisa cálida que antecede al cansancio, al susurro de los pensamientos, de la resignación.

Habiendo dicho eso, debo confesar que hoy no quiero trabajar, no quiero ver a nadie. Sólo quiero fumar, dormir, mirar las estrellas, el cielo nocturno- que aquí no se ve.
Quisiera levitar en la voracidad de alguna nebulosa a millones de años luz, que me tragara un agujero negro y perderme en su vacío infinito; quisiera colapsar en polvo estelar y volverme parte del misterio de lo indefinido, de lo inexplorado, de lo inconcebible; quisiera danzar eternamente en la materia oscura del universo y congelarme en el frío de la eternidad; quisiera gravitar en torno al tiempo y devorar las horas y los días; que el sol me tendiera su abrazo y me hiciera el amor, quisiera engendrar constelaciones, parir galaxias; soltaría mi cabello para que fuera el manto de estrellas que te besara cada noche, y así, que caiga sobre el mar, que se estrelle en los arrecifes desprendiendo corales a su paso, que las inmensas ballenas deglutan el brillo de la estela de mi pelo y lo expulsen al océano. Quisiera sumergirme en el silencio submarino, pelear con tiburones y martillar con sus cráneos hasta el centro de la tierra y habitar su útero incandescente, y que en el gran óvulo de su núcleo, se gestara un hermano. Un igual, un otro que me acompañe siempre, que asfixie a la soledad. “Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad. Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morir y no tuviera más hermandad con las cosas que una despedida.”

… pero hoy, como hago muchas cosas en la vida, me obligo a salir. Me obligo a que me guste el sol de 40 watts de este día tan mediocre. Me obligo a no sentir, me obligo a apagar el fuego que me consume las tripas y a sonreír, como siempre lo he hecho ¡controla esos caballos, Perla!

Pero entonces me pregunto ¿Para qué? De todos modos todos no somos más que polvo de estrellas. Y hablando de caballos, hoy me gustaría ser un caballo salvaje corriendo con el pelaje al viento, con la conciencia de que mis grandes piernas me sostienen en cualquier terreno; que soy fuerte y libre y que una patada mía te puede romper la cara y el corazón. Me gustaría ser ese caballo que va valiente a la guerra, que corre hacia el enemigo sin miedo a morir y que sigue siendo bello.

Ya me voy a mi lugar: blanco, agreste, violento, imponente, atlántico y mirando a Calais por siempre. Espero no regresar.

Quisiera, quisiera, quisiera ser tantas cosas, menos yo.

Hoy he estado repitiendo este concierto todo el día:

Tabaquería

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Fuera de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
del cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
das al misterio de una calle constantemente cruzada por gente,
una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta, con el misterio de las cosas debajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el destino conduciendo la carroza de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido como si estuviese a punto de morir
y no tuviera más hermandad con las cosas que una despedida, convirtiéndose esta casa y este lado de la calle
en los vagones de un tren, y una partida silbada dentro de mi cabeza,
y un sacudir de nervios y un crujir de huesos al arrancar.
Hoy estoy perplejo como quien pensó y halló y olvidó.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo a la tabaquería al otro lado de la calle, como cosa real por fuera y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

Fracasé en todo.
Como me hice ningún propósito, quizá todo fuera nada.
De la enseñanza que me dieron
escapé por la ventana del fondo de la casa.
Fui al campo con grandes propósitos
pero solo encontré hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Dejo la ventana, me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?

¿Qué se yo lo que he de ser, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!

¿Genio? En este momento cien mil cerebros se consideran en sueños tan genios como yo,
y la historia no registrará, quien sabe, ni a uno,
y no quedará sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomnios hay locos perdidos por tantas certezas!
Yo que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mí…
¿En cuántas buhardillas y no-buhardillas del mundo no hay en estos momentos genios para sí mismos, soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas -sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas y quién sabe si realizables- no verán nunca la luz del sol real ni llegarán al oído de nadie?
El mundo es de quien nace para conquistarlo
y no del que sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que cuanto Napoleón hizo.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no nació para eso;
seré siempre sólo el que tenía cualidades;
seré siempre el que esperó a que le abriesen la puerta, al pie de una pared sin puerta,
y cantó la canción del infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo cegado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámenme la naturaleza sobre la cabeza ardiente su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene o si tiene que venir o que no venga.

Esclavos cardiacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco, nos levantamos y es ajeno,
salimos de la casa y es la tierra entera más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(¡Come chocolates, pequeña, come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que los chocolates.
Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con que tú comes!
Pero yo pienso, y al quitarles el papel de plata, que es de hoja de estaño, lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)
Pero al menos queda de la amargura de lo que nunca seré la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico roto hacia lo Imposible.
Pero al menos me dedico a mi mismo un desprecio sin lágrimas,
noble al menos en el gesto amplio con que arrojo la ropa sucia que soy, sin papel, al curso de las cosas, y me quedo en casa sin camisa.
(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas, ya seas diosa griega concebida como estatua que estuviera viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y abigarrada,
o marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,
o cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-
todo eso, sea lo que fuere, lo que seas ¡si puede inspirar que inspire!

Mi corazón es un cubo vaciado,
Como invocan espíritus, los que los invocan, me invoco a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo los perros que también existen,
y todo ello me pesa como una condena al destierro,
y todo es extranjero, como todo)
Viví, estudié, amé y hasta creí,
y hoy no hay mendigo que no envidie sólo por no ser yo.
Le miro a cada uno los andrajos y las llagas y la mentira, y pienso: quizá nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni creído
(porque es posible hacer la realidad de todo eso si hacer nada de eso);
quizá hayas existido sólo como un lagarto al que le cortan el rabo
y que es rabo más acá que lagarto moviéndose.

Hice de mí lo que no supe,
y lo que podía hacer de mí no lo hice.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron en seguida como quien no era y no lo desmentí y me perdí.
Cuando quise quitarme la máscara
estaba pegada a la cara.
Cuando me la quité y me vi en el espejo
ya había envejecido.
Estaba borracho, ya no sabía vestir el disfraz que no me había quitado.
Arrojé la máscara y dormí en el guardarropa
como un perro tolerado por la administración por ser inofensivo.
Y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarte como cosa hecha por mí,
y no quedara siempre en la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra, en la que un borracho tropieza o una estrella que robaron los gitanos y que no valía nada.

Pero el dueño de la tabaquería se ha acercado a la puerta y se ha quedado en ella.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida y con la incomodidad del alma que está malentendiendo.
Él morirá y yo moriré.
El dejará el letrero y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá el letrero y también los versos.
Después de ese momento morirá la calle en donde estaba el letrero y la lengua en que fueron escritos los versos.
Después morirá el planeta girador en donde pasó todo esto.
En otro satélites de otros sistemas cualquier cosa como gente continuará haciendo cosas como versos viviendo debajo de cosas como letreros.

Siempre una cosa enfrente de otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni otra.

Pero un hombre entra en la tabaquería para comprar tabaco
y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me incorporo a medias, enérgico, convencido, humano, y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarro mientras pienso en escribirlos y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como una ruta propia y gozo, en un momento sensitivo y adecuado,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de estar indispuesto.

Después me echo hacia atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras el destino me lo conceda, seguiré fumando.
(Si me casara con la hija de mi lavandera tal vez fuese feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla, me acerco a la ventana.
El hombre ha salido de la tabaquería (¿guardando el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Le conozco, es el Esteves sin metafísica.
(El dueño de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por inspiración divina Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me hizo señas de adiós, y yo le grité ¡adiós Esteves!, y el universo se me reconstruyó sin ideal ni esperanza, y el dueño de la tabaquería sonrió.

Fernando Pessoa
1928